Equipo de E2M

28 de December de 2023
Panorama energético para el 2024.

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El 2024 no será un año más para marcar en el calendario del desarrollo de la energía, sino un año decisivo en la encrucijada hacia la transición de las energías renovables. 

La demanda energética global, alentada por el apetito de las potencias globales y sustentada en combustibles fósiles, puede declinar conforme vaya avanzando el 2024, previendo el entorno de una posible recesión, aunque cada vez con menor probabilidad, ha dado señales de presentarse durante algún momento del siguiente año. 

Las energías renovables, por otro lado, pueden seguir expandiéndose, superando a sus contrapartes contaminantes de manera más significativa, no sin ocasionar tensiones e incertidumbre. En este sentido, prevemos que, en orden de que las energías renovables comiencen a desmarcarse de los combustibles fósiles, durante el 2024 podríamos ver cumplidos los siguientes escenarios:

Las energías limpias líderes, como la solar y eólica, continuarán creciendo, pero no sin experimentar una desaceleración: algo normal si al final la economía global entra en un periodo de recesión. Sin embargo, esta fase puede ser más beneficiosa a medida que escuchamos cada vez más como la eficiencia energética es un tema predominante y de mayor importancia; lo cual nos lleva al siguiente escenario para el 2024:

Las soluciones para el almacenamiento energético crecerán de manera importante a medida que surgen nuevas formas innovadoras para conservar y administrar de forma más eficiente la energía generada. Este es un aspecto esencial, tanto para la energía solar que se produce en paneles instalados en casas, como para los enormes generadores eólicos. El almacenamiento es clave para impulsar el crecimiento, pero sobre todo para administrar mejor lo que ya se genera.

El precio del petróleo será el referente del comportamiento de los combustibles fósiles. Esta dinámica tan cambiante y volátil, sometida a la voluntad de los países productores de petróleo, incrementos de inventarios y escasez artificial, experimentará una presión a la baja en un entorno de recesión o de baja demanda. La demanda seguirá ahí, a la par del gas natural y del carbón, referente de energía barata (y contaminante) y que seguirán teniendo un recorrido durante esta década. La clave se encontrará en la cantidad de países desarrollados que decidan dar salida a estos combustibles fósiles; pero, cómo vimos en los acuerdos de la COP28, tanto Estados Unidos con el petróleo y China con el carbón, las dos economías más grandes del mundo se rehúsan a afinar sus motores energéticos.     

La energía nuclear, condenada y marcada con la letra escarlata de la opinión pública, verá un segundo impulso que puede ser decisivo para la transición hacia las energías limpias. La incertidumbre climática y la inseguridad energética, derivada de la dependencia de combustibles fósiles por un lado y la necesidad de garantizar el aporte de la generación renovable en caso de intermitencia, plantea la necesidad de una forma de energía limpia, abundante, accesible, segura y barata (es decir, que cumpla con el trilema energético). Pero su adopción no es un tema sencillo: suavizar la aceptación pública, garantizar su seguridad y desarrollar proyectos que llevan hasta una década, no es un camino recto y sin obstáculos. 

La expansión de la red eléctrica es fundamental para el crecimiento y consolidación del modelo de energía renovable. La capacidad instalada existe, pero la infraestructura de red no crece al mismo ritmo. Si comenzamos a ver un crecimiento de la red aunado a la capacidad de almacenamiento, veremos una armonización virtuosa que impulsará un crecimiento exponencial de las energías limpias y su alcance puede ser tal, que impulse un desmarque de los combustibles fósiles, en la que las energías renovables ya no solamente las complementen, sino que comiencen a sustituir a sus contrapartes contaminantes

En conclusión, el 2024 no es solo otro año en el calendario energético, sino un año pivote, un momento crucial que podría comenzar a equilibrar la balanza de forma decisiva. Un futuro sostenible no es solo una aspiración sino un imperativo categórico y una necesidad. Lo que está en juego no es otra cosa más que nuestro futuro.

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